Maquillaje de todos los días

Empieza el día y con él las prisas. Elegir la ropa, peinarse y, para algunas, atender a los niños; actividades que realizamos ni bien nos levantamos. El maquillaje suele dejarse para el final y si el reloj no nos alcanza, hasta es probable que nos maquillemos ya en el autobús o en el metro camino al trabajo.

¿Por qué dejamos el maquillaje para el final? La mayoría de nosotras se maquilla de memoria, el espejo lo llevamos dentro. Aprendimos a hacerlo en esa frontera tenue que está entre la niñez y la adolescencia. Un día dejamos las muñecas de pestañas rizadas y largos y frondosos cabellos, para pasar a rizar nuestras pestañas y colorear nuestros labios. Nadie nos enseñó, imitamos a nuestras madres, hermanas mayores o tías; nos miramos al espejo y nos sentimos reinas y actrices de cine. Un consejo aquí y otro por allá, fueron moldeando nuestra rudimentaria técnica. Es cierto que hoy Internet, plagado de información, nos regala infinidad de ideas y sugerencias: según el tipo de rostro, la ocasión o la edad. Aun así, sospecho que la mayoría lo sigue de manera intuitiva.

Aunque esta costumbre resulta práctica, tienen sus inconvenientes. El maquillaje realizado a la carrera suele desaparecer con la misma velocidad con la que se hizo. Es por esta razón que la primera regla básica de todo maquillaje es dedicarle un mínimo de tiempo, el cual, por supuesto, varía de acuerdo a la ocasión. El maquillaje para una boda se suele contar en horas, si se trata de una fiesta requerirá un poco menos; si por el contrario, es para ir a trabajar, se contará por minutos. Es éste maquillaje que tendría que sobrevivir a una larga jornada, al que menos importancia le damos.

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